domingo, 8 de abril de 2018

Niko Schvarz evoca la noche del 9 de julio de 1973, cuando más de cien periodistas y trabajadores del diario El Popular fueron sometidos a “una lógica de ocupación militar”


Cuatro horas después de las cinco

A las puertas de El Popular a las cinco en punto.
–¡Preparen! ¡Apunten...! –fue la orden de uno de los oficiales a cargo del asalto contra el Palacio Lapido. La tropa obedeció, sin dudarlo: cargó sus fusiles para dispararle a veinte trabajadoras detenidas.
–¡Bajen armas! ¡Lleven a las prisioneras al camión...! –fue la contraorden del mismo jefe, luego de un silencio estremecedor que duró segundos infinitos.
“No sé cuánto tiempo fue, ¡quedé inconsciente, con la mente en blanco! Nos quedamos ahí, quietas, esperando los disparos. Es verdad lo que se dice: cuando estás en el paredón el terror te recorre el cuerpo. Lo primero que sentí fue asombro, ¿por qué a nosotras? ¿por qué iban a ejecutar a compañeras embarazadas; muy jóvenes algunas, muy mayores otras. ¿Por qué iba a morir a los veintitrés años, ¡cuánta cosa en mi vida no iba a poder ser!”, evoca Ivonne Leconte, trabajadora de El Popular, testigo y víctima de aquel simulacro de ejecución en plena calle Río Branco, a pocos metros de la planta baja que ahora ocupa la Sala Nelly Goitiño.

Sobre la base de entrevistas realizadas para el libro "Sin Preguntas, crónicas del periodismo (no tan) reciente". Fotos de Aurelio González y otros archivos.

A las 5 de la tarde
–Aquel 9 de julio de 1973, a la hora señalada, estaba en el centro de la barahúnda: el segundo piso del Palacio Lapido, en la redacción de El Popular. La huelga general que resistió el golpe de Estado llevaba doce días y se había convocado a una movilización, y pasar a una nueva etapa de la resistencia con un cambio en la estrategia. Habrá que recordar siempre a Ruben Castillo, quien con un muy original recurso radial anunció la concentración leyendo el poema A las cinco de la tarde de Federico García Lorca. Una lectura inolvidable, que todavía retengo, hasta con sus tonos, como si Ruben continuara diciéndolo. Aquel estribillo, repetido, una y otra vez, fue la primera información periodística sobre la resistencia contra el golpe, con un contenido muy rico, pese a su simpleza aparente. Fue una notable utilización del recurso de la elipsis.
–A las cinco menos cinco de la tarde, 18 de Julio y Río Branco estaba como todos los días: recuerdo a una señora con la hija mirando zapatos en una vidriera, frente por frente a nuestro balcón. Tanta tranquilidad nos preocupó, y lo comentamos con los compañeros de la redacción, porque parecía que la movilización iba a fracasar. En la esquina estaba la aerolínea estadounidense Panam, donde ahora hay un café; del otro lado, sobre la misma acera, la Casa Soler. Todo era paz beatífica, hasta que faltando un minuto para las 17.00, comenzó a llegar la gente. Fue algo conmovedor,  extraordinario, ¡cinematográfico! La multitud comenzó a concentrarse desde El Entrevero hasta casi la Plaza Independencia. En menos de un minuto, aquella avenida en blanco y negro tomó todos los colores de la gente, a tal punto que un trolebus quedó trabado frente a Soler, en medio de la marea humana. Nunca hubo en el país una concentración como aquella, por su forma espontánea. Las columnas de manifestantes pasaban frente al diario, porque esa esquina fue el epicentro. Nos saludaba con el puño en alto, gritando consignas: ¡Viva la Democracia! ¡Viva la Libertad!  ¡Abajo el golpe! ¡Abajo la dictadura!  Eran cientos, miles, de carteles improvisados, hechos con lo que se pudiera. Aquel clima de resistencia era muy tentador para que bajáramos a la calle, pero teníamos claro que la prioridad era mantener la ocupación para no hipotecar la continuidad del diario. ¡No íbamos a autoclausurarnos!

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A las 9 de la noche
–Al poco rato, no más de media hora, llegaron las fuerzas de represión, primero a caballo, para repartir sablazos, después los roperos lanza aguas y los lanza gases. El objetivo era sacar a los manifestantes de 18 de Julio, tirarlos para afuera de la avenida. La violencia fue tremenda, porque lanzaban sus caballos y pegaban garrotazos y sablazos de plano; pero la multitud volvía, resistía en forma activa pero pacífica Cuando comenzó a oscurecer aparecieron los carros blindados y las tanquetas militares. Cientos de manifestantes se resguardaron en la galería del Palacio Lapido, muchos subieron al segundo piso, donde estaba El Popular. En minutos tuvimos una multitud en el corredor. El diario tenía la redacción con frente a 18 de Julio y  la administración hacia Río Branco. Como subdirector debí tomar una decisión: salvar a la gente de aquella trampa. Los fuimos sacando como pudimos, hasta que a las nueve de la noche comenzó la catástrofe. Cuando los alrededores ya estaban vacíos, llegó una tanqueta que con unas cadenas arrancó la puerta exterior de hierro que daba a Río Branco, donde estaba la expedición de diarios. Cuando nos dimos cuenta que el diario iba a ser ocupado, dos compañeros, Tito (José Jorge) Martínez y Rodolfo Porley, salieron a un balcón para negociar que entraran sin tirar; porque no íbamos a resistir. La respuesta fue ráfagas de metralla y gases. No había un mando visible, sólo fascistas vestidos de civil, con brazaletes blancos. Eran de la Juventud Uruguaya de  Pie (JUP) que señalaban los puntos de ingreso al diario. Cuando vimos venir el ataque, la consigna fue quedar cada uno en su puesto de trabajo. Estábamos todos, sólo faltaba El Gallego (Aurelio González) que se había escapado al primer piso para esconder los negativos de las fotos de la manifestación y la represión. Con los ojos irritados por los gases, vimos entrar a los pelotones armados a guerra. ¡Parecían extraterrestres, con aquellas máscaras!

Lógica de ocupación
A la redacción se entraba por una puerta giratoria ubicada entre dos grandes columnas de mármol. Nos ocuparon gritando cosas que no se comprendían, excitados como si estuvieran en combate, tirando ráfagas de metralla y disparos de fusil contra lo que tuvieran enfrente: paredes, cuadros, escritorios, máquinas de escribir, paquetes de diarios. ¡Arrasaron con todo! Por instinto, nos tiramos al piso con las manos en la nuca. Un creyente dirá que aquella tarde hubo un milagro, porque no hubo heridos aunque las balas nos pasaban cerca. Recuerdo dos escenas tremendas. Entre la nube de gas apareció un oficial de botas muy altas, que caminaba por arriba de varios compañeros. Cuando vio a una muchachita embarazada, le pisó la barriga de seis o siete meses. ¡Repugnados, indignados, quedamos en silencio! La otra fue la del hijo del compañero Damián Pereira, empleado de la administración, un chiquito de no más de ocho años. El oficial le ordenó que levantara las manos. Aquella fue la imagen más parecida que vi en mi vida de la famosa foto de un niño del Ghetto de Varsovia llevado por los nazis. “Tropa, duro contra estos comunistas que andan matando milicos. ¡Son nuestros enemigos!”, fue su arenga.¡Pero ninguno de nosotros reaccionó!
La orden fue bajarnos por las escaleras. Una cantidad de soldados nos esperaban en los rellanos, para pegarnos cuando pasábamos por lo que se había transformado en un desfiladero. Los más ágiles más o menos se salvaron de los golpes, pero uno de nuestros fotógrafos, Ernesto Bonino, quedó con el rostro desfigurado y sangrando de tanto que le dieron. En la planta baja nos llevaron por el pasadizo de Expedición. Nos sacaron por la abertura de la puerta de Río Branco que habían derribado con la tanqueta. Éramos poco más de cien de periodistas y trabajadores de El Popular hechos prisioneros. Después supimos que el sadismo del ataque llegó el límite impensado de un simulacro de fusilamiento que sufrieron compañeras en la planta baja del Palacio Lapido.
Los golpes siguieron en las escaleras de la Jefatura. Recuerdo al Vasco Urruzola, ya veterano soportando una paliza sin darles el gusto de quejarse, en digno silencio. Nos ficharon y desde allí nos llevaron al Cilindro, transformado en un centro de detención política. En la entrada al estadio había una multitud de detenidos. Cuando fuimos llegando, hubo ovaciones y vivas a El Popular. Mientras aguardábamos el ingreso, nos pusieron de cara contra la pared, con los brazos arriba y las piernas bien abiertas.

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Periodistas en el Cilindro
–Detenido de camisa azul, ¡dése vuelta! –fue la orden que recibió Niko Schvarz, mientras era cacheado por la guardia en la puerta del estadio municipal. Al sentirse señalado, obedeció sin palabras, ni gestos. Cuando giró, supo quien era el oficial que le había gritado.
Hola Niko cómo estás? –lo saludó con una sonrisa Eduardo Tellechea, agente de Inteligencia y Enlace dedicado a la vigilancia de los sindicatos.
–Aquí nos ve comisario, jodidos, pero a usted le va muy bien –respondió Schvarz con ironía.
Ambos se conocían desde 1964, cuando el policía persiguió y atacó a balazos al fotógrafo Aurelio González, en la esquina de 18 de Julio y Río Branco, en medio de una manifestación contra el golpe de Estado en Brasil. Tellechea fue registrado en fotos de la represión, cuando le apuntaba con su arma a jóvenes tirados en el piso, como si fuera a ejecutarlos. Esa misma tarde fue a buscar al Gallego y su cámara, pistola en mano. “Lo persiguió en la puerta de El Popular y le disparó casi a quemarropa, pero Aurelio era un gato. Le sacó una foto, y se escondió entre dos autos. Así se escapó”, recuerda Schvarz. El caso fue denunciado por la Asociación de la Prensa, hubo un paro general y una investigación. En uno de los careos se enfrentó con Tellechea. “Aquella mañana del 10 de julio, nueve años después,  me reconoció entre cientos de detenidos; fue un saludo hipócrita, que le respondí con cinismo.”
–Como la reclusión en el Cilindro pintaba para largo, nos organizamos. Lo primero fue armar la red de contactos con el exterior, para las visitas. No hubo apremios ni interrogatorios, pero sí mucha incomodidad. Éramos una multitud, dormíamos apretados en colchones tirados en la cancha. Nunca nos faltó visitas: compañeros del partido y del Frente, dirigentes sindicales y sociales, familiares y amigos. Nunca faltaba Aurelio, que recolectaba bolsas de frutas y verduras y las llevaba cargándolas al hombro. Aquello terminó siendo una romería.
Una noche me mandó llamar Tellechea a su oficina para decirme: “Niko, qué cagada, cayó la cúpula del partido en una casa de la calle Las Heras, al costado del Clínicas.” ¡Yo, calladito! Pero continuó: “Estaban reunidos en lo de un médico famoso de ustedes, ¿cómo se llama?” Como no me sacó palabra, me mandó de vuelta a la cancha. Al rato supimos que era verdad, habían sido detenidos en la casa de Orestes Fiandra, cardiólogo notable y compañero leal. Me tuvieron dos semanas encerrado en el Cilindro. Tito Martínez, el otro subdirector de El Popular, y yo, fuimos los que quedamos más tiempo.
–El retorno al diario fue dramático. Todo estaba destruido: redacción, administración, sala de rotativas. Allí estaban las señas de una ocupación militar: destrozos, inundación, incendios. La recuperación se realizó en dos meses, por el trabajo solidario de compañeros de UTE, OSE, ANCAP, de la construcción, de muchos sindicatos y muchos voluntarios. Reabrimos el 12 de julio.

Aurelio frente al Palacio Lapido, 2009.
Aurelio boca a boca
En la mañana del 28 de junio me citaron como redactor responsable de El Popular para una reunión con el coronel Néstor Bolentini, primer ministro de Interior del régimen. Nos informó sobre el decreto que prohibía atribuirle intenciones dictatoriales al golpe, sobre el que genialmente ironizó Marcha con aquel título: “No es dictadura.” Conmigo estaba Daniel Rodríguez Larreta, de El País, a quien también le informaron que tampoco se podía nombrar la huelga general. Nuestro diario no salió en esos doce días, pero tuvimos al más eficiente informador boca a boca: Aurelio González. Ni bien comenzó la huelga se nos ocurrió con El Gallego, que había que recorrer las ocupaciones. Nadie mejor que él, que era conocido en todos los sindicatos. No lo pudimos publicar las fotos, pero quedó un archivo memorable, y a partir de la presencia de Aurelio se armó la información ‘boca a boca’. El primer sitio que visitó fue una fábrica de vidrio de La Teja. Su frase de introducción con los trabajadores merece el mejor recuerdo: “Venimos a solidarizarnos y a saber cómo están, para contarlo en cada una de las ocupaciones, porque no lo podemos publicar.” Me acuerdo de una reunión en la Facultad de Medicina, cuando Aurelio dio la noticia más impactante de aquellas dos semanas: “La llama de la refinería de La Teja fue apagada. Pasen por allí, si quieren ver trabajadores comprometidos con la democracia y la libertad.”. Nunca más se repitió un acontecimiento similar. Conozco al militante que dirigió el operativo, utilizando cadenas de hierro para apagar una llama siempre presente Fue un episodio conmovedor, y un símbolo de respeto por una democracia que se había apagado.

Censura
–En su primera etapa la dictadura utilizaba mecanismos represivos similares a los utilizados en los regímenes de Terra y el Pachecato. Antes de la salida del diario iban a buscar muestras de la edición para llevarlas a la Jefatura. Te devolvían el ejemplar tachado, y sin mucho tiempo para cambios. Así salían pedazos enteros en blanco. En aquel momento todavía no era usual la censura al pie de imprenta, como la que sufrieron los semanarios en la década de 1980, pero tenían una forma muy eficiente de perjudicarnos: retrasar la devolución de las muestras censuradas para que perdiéramos el interior. El Popular tiraba 12.000 ejemplares y tenía muchos lectores fuera de Montevideo. Los ejemplares eran enviados en la ONDA que salía a las 3.30, pero en ese período nunca llegamos. Éramos los últimos en recibir la autorización para imprimir. A fines de agosto resolvimos hablar en Jefatura para que la censura fuera más ágil. Me designaron a mí, como subdirector. Cuando fui a ver al responsable, me llevaron a una celda oscura en un piso alto, donde me dejaron aislado por horas. De esa noche recuerdo una escena emocionante. Al lado de mi pieza estaban interrogando a dos jovencitos. En eso un policía que me vigilaba, me dijo: “¡Escuche, escuche!” Se escuchaba al interrogador diciéndole a los detenidos: “Los agarramos con pinceles y tachos de pintura en la mano, y me dicen que no fueron ustedes los de las pintadas.’”¡Los gurises se portaron bárbaro! Finalmente me soltaron luego de una gestión de la Asociación de la Prensa, pero la dirección del diario entendió que debía irme del país.

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De golpe en golpe
En la madrugada del 27 de junio de 1973 estaba en el Palacio Legislativo, como cronista legislativo acreditado. Me quedé un buen rato en el despacho del Nato (Enrique) Rodríguez, en la Cámara de Senadores, escuchando una conversación con Eduardo Víctor Haedo que hubiese merecido quedar en la historia. Cuando Haedo se fue, llegó Luis Hierro Gambardella, otra personalidad riquísima que merece mi recuerdo respetuoso, personal, político, intelectual. Batllista, batllista, ¡de verdad! Don Luis nos contó la mala noticia: “Bordaberry firmó el decreto de disolución del Parlamento.” Enseguida comenzó la famosa sesión final, presidida por Lalo (Eduardo) Paz Aguirre. Sobre los discursos se habló mucho, pero por afinidad política  y personal me quedo con una frase del Ñato Rodríguez: “Compatriotas, ¡es verdad!, estamos en dictadura.” La sesión terminó a las cuatro de la mañana, dos horas antes de la ocupación militar del Parlamento.
–El 5 de setiembre de 1973 llegué a Santiago de Chile, como corresponsal de El Popular ante el gobierno de Salvador Allende. Mi tarea era contar todo lo que pasaba en ese momento previo al golpe militar. Por entonces, la censura uruguaya no se ocupaba de las páginas internacionales. En la noche del 10 escribí un artículo para el diario comunista El Siglo, que comenzaba así: “El golpe de Estado pende sobre la cabeza de los chilenos como una espada que cuelga de un hilo finísimo. Es posible que cuando salgan estas líneas, el hilo se haya cortado.”  Nunca fue publicado. En la madrugada del 11 comenzó a sonar una marcha militar en la radio de la redacción. Lo vimos todo desde allí, porque el periódico quedaba en la calle Lord Cocker, muy cerca del Palacio de La Moneda. A la mañana siguiente me fui a Buenos Aires. Mis amigos siempre dicen que yo iba llevando los golpes a cada país donde me exiliaba. El Popular fue clausurado por 60 días a fines de setiembre, justamente, por un informe sobre la dictadura de Pinochet, cuando la censura llegó también a la sección internacionales. Luego de la última reapertura, el diario sólo duró ocho números. Fue cerrado definitivamente el 16 de noviembre de 1973.

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Informaciones Uruguayas
En diciembre de 1973 creamos la Asociación de Uruguayos en Argentina. Al principio éramos todos frenteamplistas, Zelmar (Michelini), Reynaldo Gargajo, José Díaz, Alberto Pérez Pérez, Oscar Maggiolo, Julio D’Elía sobrino de Pepe. pero enseguida se sumó el Toba (Héctor) Gutiérrez Ruíz y exiliados de todos los pelos. En nuestras primeras reuniones, realizadas en un apartamento de Maggiolo, en el centro de Buenos Aires, decidimos sacar un boletín que llamamos Informaciones Uruguayas. Allí proponíamos los temas y luego me reunía con el Toba, que era el otro coordinador de la publicación, en una confitería de Lavalle y 9 de Julio. Nos veíamos una vez a la semana, muy temprano, a las 7 de la mañana. En la reunión grande me daban los artículos, que luego leíamos y editábamos con el Toba, para darle formato periodístico, si era necesario. Luego me iba a la Casa del Partido Comunista, que quedaba en Entre Ríos 1032, donde nos picaban las matrices. Cuando quedaban prontas, se las llevaba a José Díaz, que era abogad de varios sindicatos argentinos. Así consiguió que los tabacaleros nos imprimieran el boletín en un local que tenían en las afueras de Buenos Aires. Con el Toba también nos encargábamos de la distribución, que estaba organizada por sectores políticos, sociales y gremiales, y por destinos. El Toba era nuestro canilludo, el jefe de los distribuidores, que tenía su centro de distribución en su verdulería.

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El Popular
Fue un nombre decidido en referéndum interno que organizó el Ñato (Enrique Rodríguez) para un hijo directo y legítimo del XVI Congreso del PCU realizado en 1955. En aquel momento se resolvió crear un diario completo, lo más profesionalizado posible, no limitado a lo político, sindical y cultural. Fue interesante, para nosotros novedosa,  la incorporación de una página deportiva, encargada a Carlos Reyes Daglio, con pronósticos de turf de Davino, un burrero casi infalible que además era corrector.
–Fui secretario de la primera redacción de El Popular, dirigida por Eduardo Viera y Enrique Rodríguez, luego estuvo Tito Martínez, con jefes de página de mucho peso: Máximo Jablonka, Ismael Weinberger, Anelo Hernández. Funcionaba en Uruguay 1763, donde también fueron editados, el semanario Justicia coordinado por Alberto Suárez y Rosita Dubinlki, que luego fue Justicia Diaria que salía todos los días menos los viernes. Ambos se imprimieron en una máquina plana de la imprenta de Lucio Callero  en Paysandú 1236.
El primer número de El Popular salió el 1 de febrero de 1957, pero la fecha prevista era el 25 de enero. Habíamos acondicionado un local de Justicia 1982, entre Miguelete y Martín García, a la vuelta de la cárcel, para instalar una rotativa comprada al diario Acción de Luis Batlle Berres que se portó muy bien. El responsable de la impresión era Guillermo Israel, que la madrugada del 25 apretó el botón de la máquina, ¡pero no funcionó! En medio de un clima de tragedia, se envió un comunicado a todos los medios de prensa que anunciaba una nueva fecha de salida.
A la tarde siguiente hubo una reunión en lo de Jesualdo (Sosa), un apartamento en la calle Miguel Barreiro, a una cuadra y media de la rambla. Lo recuerdo dándonos ánimo y tratando de organizar las discusiones, con su esposa María del Carmen. La dirección del Partido, con (Rodney) Arismendi  la cabeza, presionaba para que se cumpliera la fecha anunciada. Hubo que aceptar la orden, pese a los riesgos. Jesualdo transformó un clima de tensión en risas y carcajadas, ¡así como era él!
–Aquel 31 de enero inolvidable, previo al debut, hubo mucha gente en la redacción, todos daban instrucciones, ¡un caos! Se armó el plomo, se hicieron las páginas y nos fuimos a la imprenta. Cuando Israel apretó el botón, hubo segundos de temores y emociones, ¡pero anduvo! Se utilizaron muchos artículos que habían quedado del ejemplar que nunca salió y se editaron nuevos, hasta una columna de Jesualdo narrando nuestra peripecia. ¡Fue desopilante!

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La cogida y la muerte
Ruben Castillo con Carlos Solé. 
Llanto por Ignacio Sánchez Mejía, herido en la arena de Manzanarez en 1934
Federico García Lorca

A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde. 
Un niño trajo la blanca sábana 
a las cinco de la tarde. 
Una espuerta de cal ya prevenida 
a las cinco de la tarde. 
Lo demás era muerte y sólo muerte 
a las cinco de la tarde. 


El viento se llevó los algodones 
a las cinco de la tarde. 
Y el óxido sembró cristal y níquel 
a las cinco de la tarde. 
Ya luchan la paloma y el leopardo 
a las cinco de la tarde. 
Y un muslo con un asta desolada 
a las cinco de la tarde. 
Comenzaron los sones de bordón 
a las cinco de la tarde. 
Las campanas de arsénico y el humo 
a las cinco de la tarde. 
En las esquinas grupos de silencio 
a las cinco de la tarde. 
¡Y el toro solo corazón arriba! 
a las cinco de la tarde. 
Cuando el sudor de nieve fue llegando 
a las cinco de la tarde 
cuando la plaza se cubrió de yodo 
a las cinco de la tarde, 
la muerte puso huevos en la herida 
a las cinco de la tarde. 
A las cinco de la tarde. 
A las cinco en Punto de la tarde. 

Un ataúd con ruedas es la cama 
a las cinco de la tarde. 
Huesos y flautas suenan en su oído 
a las cinco de la tarde. 
El toro ya mugía por su frente 
a las cinco de la tarde. 
El cuarto se irisaba de agonía 
a las cinco de la tarde. 
A lo lejos ya viene la gangrena 
a las cinco de la tarde. 
Trompa de lirio por las verdes ingles 
a las cinco de la tarde. 
Las heridas quemaban como soles 
a las cinco de la tarde, 
y el gentío rompía las ventanas 
a las cinco de la tarde. 
A las cinco de la tarde. 
¡Ay, qué terribles cinco de la tarde! 
¡Eran las cinco en todos los relojes! 

¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

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Niko
Su nombre es Salomón Schvarz, nacido el 16 de mayo de 1927, en Río de Janeiro, hijo de inmigrantes judíos que al año siguiente se radicaron en Montevideo: Berta, una modista natural de Odessa, y León, un rumano de profesión encuadernador. Fue subdirector y redactor responsable de El Popular, columnista de Marcha (“por pedido de Carlos Quijano a Rodney Arismendi”), redactor de Informaciones Uruguayas, Revista Internacional de Praga, El Día de México, corresponsal del diario Rebelión y la agencia Prensa Latina, ambos cubanos, y de regreso del exilio, en 1985, columnista del semanario Brecha, redactor de los matutinos La Hora Popular y La República donde todavía colabora. Es autor y coautor de cuatro libros: América Latina y el retoñar de la utopía, y Mariátegui y Arismendi, dos cumbres del marxismo en América Latina, ambos editados por la Fundación Rodney Arismendi, El águila imperial perdió muchas plumas en San Rafael. (con Hernán Píriz), 150 años del Manifiesto Comunista (con Juan Grompone y Daniel Olesker).